Tom Quigley

Saludos a la FZM y a los que participan en el Homenaje, de parte de Tom Quigley, ex-consejero para América Latina ante los obispos católicos estadounidenses

En 1976, EEUU cumplió 200 años como nación independiente; ese año fue un momento de grandes festejos en mi país, pero en gran parte de América Latina fue un annus horribilis.  De hecho, el 4 julio, día de la fecha patria que acabamos de celebrar en el norte, coincidió en 1976 con la masacre de San Patricio en Buenos Aires—la brutal matanza de tres sacerdotes y dos seminaristas en la casa parroquial de San Patricio. En total, diez sacerdotes católicos fueron ultimados ese año solamente en Argentina, entre éstos el Obispo Angelleli.

En marzo de ese año, sabido está, en Argentina el golpe de Videla lo cambió todo. El 14 mayo Mónica María Candelaria Mignone (a quien yo había conocido como niña durante la estadía de su familia en Washington), fue sacada de la casa de sus padres, para nunca más volver. Unos meses después, mi amigo Patrick Rice y otros integrantes del grupo Hermanitos del Evangelio fueron detenidos y torturados.

Pero no hubo sacudida mayor en aquel año nefasto que el secuestro y posterior asesinato de dos destacados dirigentes uruguayos, los cuales habiendo buscado refugio en la vecina Argentina fueron brutalmente raptados en la madrugada del 18 mayo.  La noticia tres días después de la aparición de los cadáveres de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz causó verdadera repugnancia en el norte.

La década de los 70, principalmente los años que siguieron a la disolución de las cámaras uruguayas el 27 junio, 1973 y el golpe chileno del 11 setiembre, fueron momentos de intensa actividad entre diversos organismos estadounidenses vinculados a las Iglesias.  En dicha actividad, figuraron de manera destacada la oficina de Bill Wipfler en el Consejo Nacional de Iglesias, la mía en la Conferencia Católica y una organización que habíamos creado en 1974 como respuesta a los golpes de estado del año anterior: WOLA, la “Washington Office on Latin América”.

Recién he vuelto a consultar archivos de aquella época, en los que encontré cartas enviadas a los embajadores argentino y uruguayo en Washington, así como también al entonces presidente Bordaberry. Allí hay apuntes sobre reuniones en Washington con Wilson Ferreira Aldunate, con Mario Jaunarena, con Juan Luis Segundo y otros; cartas de protesta ante la clausura de Víspera, y de Perspectivas de Diálogo, y un informe sobre la visita que yo hice en 1976 a Argentina y Uruguay.

A mí me resultó de especial interés una carta fechada 17 setiembre, 1975 al entonces embajador argentino, Rafael Vázquez, “referida a la situación del distinguido senador uruguayo, Zelmar Michelini.” Acabábamos de enterarnos de la orden de expulsion de la Argentina librada contra Michelini.” A éste se le había informado que debía irse en un plazo máximo de 30 días; de lo contrario enfrentaría la prisión. “Ya que las autoridades uruguayas, en abril de este año, le retiraron al Sr. Michelini el pasaporte,” sigue la carta, “difícilmente podrá salir de la Argentina, ni dirigirse a otro país que no sea el suyo de nacimiento, donde seguramente será detenido y encarcelado, cuando no torturado (lo cual es muy posible)…Habiendo seguido y admirado la labor del Sr. Michelini a lo largo de varios años, es lógico que hayamos recibido esta información con una mezcla de perplejidad y desasosiego...Le rogamos a Ud. nos asegure que el senador no corre peligro de ser expulsado ni encarcelado.”

Al parecer, el embajador estaba demasiado ocupado como para contestarnos. En cambio, recibí otra carta, muy cálida, fechada 25 octubre, 1975, que en parte dice así:

“Le escribo estas líneas como expresión de reconocimiento y agradecimiento muy sinceros.  Reconocimiento a su labor, a su solidaridad, a su actitud en favor de nuestro pobre pueblo sometido.  Y agradecimiento en lo personal por su preocupación respecto a mi situación y por … estar dispuesto a colaborar en la medida de sus posibilidades.”

“Créame que cuando se encuentran actitudes como la suya, la lucha en que estamos empeñados—tan dura y tan difícil—se hace mucho más llevadera, y expresiones como las que Ud. tiene respaldan toda [nuestra] capacidad de sacrificio a la par que representan un estímulo constante.”

La carta finaliza deseándome a mí y a mi familia todo lo mejor, y “esperando que la vida nos permita conocernos…” Por desgracia, eso no había de ser.  Siete meses después, Zelmar Michelini pasó a integrar la hueste de los mártires latinoamericanos.